Hacer que cualquier fuente de agua sea segura para el cultivo, antes de que llegue a las plantas

El pretratamiento del agua de riego es fundamental para el éxito de un sistema de riego. Se llama «pre»-tratamiento porque, cronológicamente, es el paso previo a la fertilización, y como el agua de riego entra en contacto directo con un cultivo valioso, debe controlarse de principio a fin. Analizar continuamente el agua de origen y anticipar sus variaciones es lo que mantiene al productor realmente al mando del invernadero.

Hay que gestionar cuatro características del agua de origen, cada una con su propio método probado, y en la práctica estas tecnologías se complementan entre sí. La primera es el pH: controlar el pH del agua entrante previene algas y patógenos, sobre todo cuando el agua se almacena previamente en un depósito o balsa, y se realiza en un sistema de derivación que hace circular el agua de forma continua y dosifica ácido o base para mantener un nivel estable. La segunda son los microorganismos, para lo que existen dos vías: el tratamiento UV, en el que el agua a presión pasa directamente bajo lámparas UV que eliminan los organismos, y la ultrafiltración, nuestro sistema preferido, que los elimina por completo de modo que no quedan residuos que alimenten nuevo crecimiento, con menores costes de energía y mantenimiento que el UV. La tercera son las partículas y los sedimentos, que suelen filtrarse con un filtro de banda de papel sin mantenimiento (de lecho plano, de lecho profundo o hidrostático, elegido según la capacidad y la contaminación), donde el papel de filtro determina el tamaño de partícula que se retira. La cuarta es la dureza del agua, que se gestiona con un descalcificador para reducir el cloruro, instalado antes de cualquier depósito o sistema, ya que la dureza acorta directamente la vida útil de bombas, conductos y válvulas y hace menos eficiente la fertilización. Para las fuentes más exigentes, la ósmosis inversa elimina todos los microorganismos, partículas y minerales, dejando un punto de partida en blanco para una fertilización precisa (aunque más costosa).

Qué cadena necesita depende por completo de la fuente. El agua de red (del grifo) es la más estable y fiable, ya tratada y normalmente a temperatura ambiente, pero es la más cara y puede tener un alto contenido de cloruro. El agua superficial varía en calidad y cantidad y exige un tratamiento más complejo; el agua de pozo suele ser constante y rica en minerales, pero debe analizarse con regularidad para detectar contaminantes; el agua de lluvia es una fuente excelente recogida directamente del techo del invernadero, pero su disponibilidad es irregular y necesita una reserva. La temperatura del agua también importa: el agua fría contiene más oxígeno disuelto, mientras que el agua caliente favorece los microorganismos, por lo que la opción preferida es agua a temperatura ambiente de 15–20 °C, gestionada mediante un intercambiador de calor conectado al sistema de calefacción o refrigeración de la instalación. Un análisis del agua de origen es siempre el punto de partida: cuanto más limpia sea la fuente, más simple será la cadena. Póngase en contacto para que evaluemos su agua.

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